¿QUÉ ES EL YOGA?

Invitado especial

¿QUÉ ES EL YOGA?

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Servir. Amar. Dar. Meditar. Purificar. Realizar.

La unión entre el alma personal y el alma universal. Abandonar los apegos y condicionamientos. Mantener en calma la mente, en el éxito y el fracaso, la alegría o el dolor.

Éstas son algunas de las definiciones tradicionales de la milenaria práctica y disciplina del yoga. Todas provienen de un mismo texto sagrado del sabio Maharishi Patanjali, que codificó sus principios en una serie de aforismos llamados sutras.

Sí, todo eso es el yoga. Y mucho, mucho más. Pero es en la experiencia del yoga, esa que nos transforma, que nos adentra en nuestra condición humana, y que nos hace seres más amorosos, más compasivos, donde esas palabras de sabios adquieren una dimensión certera y concreta, al menos en este espacio y este tiempo.

Inicié esa travesía, que ya lleva un modesto camino de doce años, cuando vivía en San Antonio y dirigía uno de los diarios de una cadena de cuatro periódicos en Texas.

Y llegué a mi primera práctica de yoga por casualidad, después de que mi papá se fuera de la ciudad tras una corta visita.

Se trataba de mi segunda experiencia migratoria, pero esta vez en tierras extrañas, áridas y hostiles a personas como yo: de piel distinta, parda, de inglés con acento, y en donde, además, lideraba un proyecto informativo serio, que ponía a estos indeseables inmigrantes en el centro de los reflectores y que apostaba por ellos, por su dignidad humana.

De manera que esas hostilidades sutiles, ese lenguaje en código, esos gestos, esas maneras, y, a veces, la abierta discriminación, eran parte de mi cotidianidad. De manera que la visita de mi papá era como un oasis de paz, aceptación y cariño en un desierto labrado de prejuicios y rechazos.

Sólo que ahora tenía que irse y mi corazón estaba arrugado. Eran las cinco de la mañana y no había podido volver a conciliar el sueño tras dejarlo un par de horas atrás en la estación de buses que lo llevaría a Houston y después a mi natal Bogotá.

Decidí, entonces, que ya no dormiría más y que iría al gimnasio donde jugaba squash, o corría y levantaba pesas. Tenía entonces la ilusión que si el cuerpo era fuerte, lo demás también. Pero eso es apenas una ilusión. Un músculo fuerte no te salva de la tristeza, o del dolor de que te mientan o que no te sean leal.

Fue, entonces, cuando un encuentro mágico sucedió. Aquella mujer hermosa, rubia, tan delicada como una muñeca blanca de porcelana china, que me miraba con curiosidad y desprovista de todo prejuicio, adivinó mi tristeza y me invitó a seguirla a una clase que “me hará bien (it would be good for you)”, me dijo.

La seguí y las sorpresas siguieron en línea ascendente: Angela, como se llama, era mucho más linda cuando la veía así de cerquita. Pero lo que más me sorprendió fue caer en cuenta que quien dictaba la clase era ella: una clase de power yoga.

Fui mi primera práctica de posturas (o asanas), con un tapete prestado y con el ruido frenético de la música de las clases de aeróbicos de fondo.

Sentía que cada postura que la bella maestra demostraba había una sabiduría milenaria detrás. Y sentía que me moría, y que ese entrenamiento atlético me habían vuelto un ser musculosamente vulnerable a los embates de la vida.

Pero que con cada postura que hacía, algo en mí se liberaba, algo en mí se fortalecía. Y que por eso me costaba tanto.

Esa nueva clase de fortaleza era mucho más poderosa pues requería, además, de una clase distinta de entrenamiento: el entrenar la mente y silenciarla para empezar a observar el mundo como en realidad es, para vivir más en el presente y sin tener la necesidad de engancharse o tratar, de validar, invalidar o identificarse, con cuanta sensación, pensamiento, y sentimiento produce nuestra mente animal.  La pregunta obvia acá, y que muchos se estarán haciendo, es cómo haciendo una serie de posturas, que tal vez hayan visto tras el ventanal de un estudio de yoga, o en la televisión, se empieza a controlar la mente. Suena un poco descabellado, ¿no? Pues no lo es tanto si llevas tu mente por un segundo al tapete de yoga, donde todo el proceso alquímico sucede. La maestra me pedía, primero, que respirara con la boca cerrada, hondo, desde muy hondo, y que expirara todo el aire por la nariz. Hazlo treinta segundos, con toda la intención y con los ojos cerrados y empezarás a notar que tu mente se calma.

El camino de la mente, es el camino de la respiración.

Pero no es sólo eso: luego mi hermosa maestra me pedía que coordinara cada respiración, cada inhalación y cada exhalación, con uno de los movimientos que pedía de mi cuerpo. Y yo sentía que con cada uno de ellos, algo se liberaba, algún recuerdo doloroso, alguna imagen negativa.

Pero lo más importante aún: empezaba a entrenar mi mente de animal que aunque se encontraba en completa y profunda concentración en una sola actividad, ésta lo intentaba sabotear cada segundo, o dos, con sus opiniones no solicitadas — “no, estás loco Alejandro, no puedes pararte de cabeza, se te va a romper el espinazo”, “no, Alejandro, qué tienes, te vas a asfixiar con la velocidad de las posturas”. ¿Y yo? Empezaba lentamente a decirle: está bien, acepto tu opinión, no voy a resistirte, no te voy a rechazar, mente, expresa tu opinión pero sigue adelante.

Claro, hasta que llega nuevamente otra opinión u otra sensación: —“Alejandro, te duelen mucho los muslos, deja de doblarte así”— a lo que uno sigue aprendiendo a observar el pensamiento, la opinión, la sensación, a aceptarla, pero, al mismo tiempo, a dejarla pasar, a no identificarte con ella y sentir la necesidad de NO reaccionar ante ella.

Sólo se trata de observar. Observa la mente y empezarás a dejar de sufrir con sus opiniones, sentidos, sentimientos, sensaciones. Claro, para llegar a un nivel tal de observación, para llegar un completo estado de silenciamiento y observación del mundo, en el presente, tendrán que pasar muchas décadas, pues la mente es poderosa, traicionera, hábil, y sus mensajes, la tristeza del pasado o las angustias del futuro, ya se han vuelto patrones de comportamiento. Ese día, en esa primera práctica con Angela, a mis sentimientos de tristeza por la partida de mi papá, a la angustia de si lo iba a volver a ver igual de bien, pese a que es un maratonista y deportista de tiempo completo, los empecé a tratar como simples opiniones de una mente entrenada para sobrevivir y que por naturaleza te llena de pensamientos pero también de químicos, de hormonas de estrés, para que la especie sobreviva y tenga la capacidad de planear.

Esa mañana, cuando la clase concluyó, sentía una enorme sensación de bienestar, y una profunda tranquilidad cuando dejaba fluir y soltar las preocupaciones, las tristezas, y empezaba a observar ese monólogo incesante de la mente.

Pero, cuidado, el camino espiritual requiere de mucha disciplina. Los reveses están a la orden del día. El camino es arduo y traicionero y a la simple clase de asanas (o posturas) que es lo más popular del yoga hay que acompañarlo de algo conocido como los yamas y niyamas, unos códigos éticos y morales.

Acá los menciono brevemente:

YAMAS:

  • Ahimsa: la no violencia.
  • Satya: veracidad en la palabra, la intención y la acción.
  • Brahmacharya: no promiscuidad, para que el amor sexual se convierta en amor divino y conexión profunda.
  • Asteya: la honestidad, el no robar.
  • Aparigraha: el no apegarse a nada.

NIYAMAS:

  • Saucha: limpieza física, emocional y de pensamiento.
  • Santosha: vivir feliz con lo que se tiene.
  • Tapas: austeridad y determinación
  • Swadhyana: el autoconocimiento y estudio.
  • Ishwara pranidhana: el cultivo de la fe en lo divino.

Pero tal vez lo más importante del camino del yoga es la meditación. Claro que uno medita cuando hace la práctica de las posturas (asanas) pero para entrenar a ese animal salvaje que vive en nosotros, a la mente, es necesario sentarse de manera cómoda en un cojín, todos los días, al menos por veinte minutos, concentrarse en la respiración y ver pasar los pensamientos, los sentimientos, el pasado, el futuro y sólo quedarse en el presente observando.

Una mente en calma es un refugio ante la adversidad. Es como la escritura: una manera de defenderse ante los reveses de la vida. Pero requiere de disciplina, de hacerlo todos los días, pues siempre seremos humanos, falibles, llenos de errores, de torpezas, de deseos, de miedos, y en cualquier momento podemos perder la paz, la calma que tanto nos ha costado ganar en años de práctica y meditación. Pues en cualquier momento, nuestra mente tiene el potencial de hacernos daño y de que le hagamos daño a alguien.

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