EL YOGA TIENE EL PODER DE CAMBIAR A LA GENTE

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Cuando me preguntan ¿cómo empecé en la práctica de yoga? Sonrío y contesto: El amor y dolor más grande mi vida me trajo aquí. Por mi mamá tuve contacto con la práctica de yoga a los 14 años; pasábamos las tardes de dos días de la semana en un club deportivo y ahora ya sé que hacíamos una practica de la GFU. Pero fue hasta el 2003, que me reencuentro urgente y necesariamente con el yoga, pues a mi madre le diagnosticaron ELA, “Esclerosis lateral amiotrófica”, la misma enfermedad que tuvo a Stephen Hawking postrado en una silla de ruedas por más de treinta años y de la que el mundo supo gracias al “Ice bucket challenge”.

Con la disminución de su capacidad física, empezamos a hacer yoga en la televisión. Mi mamá en la cama y yo sobre una toalla en el piso cuidándola. Recuerdo que esa media hora de posturas mal hechas, me dejaba la sensación de alivio y consuelo.

A los meses, mi corazón se rompió. La ausencia de mi mamá, modificó todo lo que mi mente y emociones habían experimentado hasta entonces. Olvido el yoga y después de un largo viaje, regreso a la rutina de la oficina, a los tacones, al horario matador, a los millones de pendientes y también a la talla 13 y a los 80kg. Ya corría de manera esporádica, pero regresé a correr más en forma.

Me inscribí en Sport City y cómo son las grandes causalidades y casualidades de la vida, encontré la práctica de mi maestra y ahora amada Gabriela Tavera. Me organicé y tomé valor para empezar con el yoga de manera formal. Y sufrí mi primer clase tanto como el resto de grupo la disfrutaba. Pero me conquistó y seguí practicando.

Poco a poco empecé a tener más confianza en mí, así que busqué más clases. Durante este proceso inicial, tuve la fortuna de tomar clase con Gina González, buenas prácticas de asthanga que me dieron fuerza y control. También, escapaba a Yoga Espacio Coyoacán con Jñana Dakini, y sus enseñanzas me ayudaron a entender mi flexibilidad y a cultivar la paciencia.Y muchos otros maestros.

Fue hasta el 2007, que tomé la certificación de instructores de yoga de Sport City University con Gabriela Tavera, Alex Quiyono y Jivan Vinod, sin la menor intención de dar clases, pues seguía trabajando en el servicio público y no tenía planes de modificar mi rutina. No me certifiqué ese año, porque nuevamente la vida me puso a prueba con la repentina muerte de mi papá en la mitad de la formación y lo que menos necesitaba era horas de estudio y exámenes. Entendí que no hay prisa y la resiliencia que logré gracias al yoga, me ayudó a superar mi pérdida y certificarme dos años después.

Pero evoco perfecto aquel jueves del 2007, cuando Gabriela Tavera, me pidió que le ayuda en la suplencia de una de sus clases: 27 yoguis, mi secuencia de asanas en un papel, voz temblorosa, y sudando como nunca. Seguramente mi clase no fue de las mejores, pero nadie salió lastimado en el intento y tan nadie se quejó que hasta la fecha sigo dando clases en ese espacio. Esa primer experiencia, es otro de los puntos de inflexión de mi vida. Terminé feliz, dichosa, renovada y con la idea de repetirlo siempre. Así que empecé como instructora suplente, y poco a poco a tener mis clases. Cada vez más completa, cada vez más feliz.

Eran tantas mis ganas de yoguear, que la oficina se volvió insufrible y cómo una de las enseñanzas primeras del yoga es estar “aquí y ahora” y cómo el universo sabe lo que hace y cómo lo hace; pues las circunstancias se acomodaran para quedarme sólo con lo que me llenaba al cien. Por lo que en 2010, cambio el traje sastre por las mallas y el mat de yoga; convencida de ser una mejor versión, compartiendo mi experiencia, mi práctica, mi ser.

Hoy por hoy, segura de que mi madre me puso aquí. Afortunada y agradecida de lograrlo, de viajar a la India, de conocer tanta gente, yoguis y maestros con vidas tan complejas, tan relajadas, tan increíbles. Y sobretodo observando, entendiendo, adaptando y reconociendo mi proceso en los procesos de los demás.

Disfrutando, fluyendo y respirando conscientemente.

Namaste

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