CÓMO CONJUGAR AHIMSA EN PRIMERA PERSONA

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CÓMO CONJUGAR AHIMSA EN PRIMERA PERSONA

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Un buen día y después de haber pasado por salomonelosis, tifoidea y un sin fin de infecciones estomacales, me decidí (en gran parte por recomendación del médico naturista al que me llevaba mi mamá) a volverme vegetariana

En total fui 16 años ovolactovegetariana, no comía nada de carne pero si huevo y lácteos. Después y por un largo período fui sólo vegetariana e incluso, durante casi un año hacia el final de mi singular estilo de comer, llegué a ser vegana

Esto sucedió hace ya bastantes años, y aunque muchas cosas han cambiado en esta cultura de “comer sano”, muchas otras siguen igual. Generalmente quienes comen de todo llegan a pensar que vegano, vegetariano, ovolactovegetariano y las variantes que se acumulen para el día que se publique esto, son lo mismo. 

Me pasaba que cuando llegaba a ir a algún restaurante o a alguna comida con amigos y declaraba abiertamente mi perfil (créanme, en la antigüedad decir que eras vegetariano era ganarse la etiqueta de bicho raro y convertir las comidas de grupo en una pesadilla), me ofrecían una de dos: o una ensalada bastante sosa de lechuga, o me preguntaban si prefería pescado, porque “el pescado no es carne”, claro que con esta última opción yo me ofendía muchísimo porque, seamos honestos, estar dentro de este grupo de comedores sanos y políticamente correctos con todas las especies, te hace imaginar que posees una superioridad moral al resto de los mortales que con los años y las variantes de este tipo de dietas, se va agudizando más y más. 

En ese entonces no estaba de moda comer lechuga, ni había tanta variedad de hojas verdes o jitomates (eso sí es algo que agradezco profundamente de estar viviendo en el futuro: la inmensa variedad de colores y texturas que tienen los vegetales y frutas). Recuerden que les hablo de finales del siglo pasado, y si les parece que fue hace un montón, es porque en realidad lo es. 

Insisto, esta etapa de mi vida ocurrió en un momento de la historia del mundo en la que ser vegetariano no era tan fácil como ahora, no había tantas opciones ni tan variadas para salir a comer, es más, tengo una triste historia que contarles. 

En alguna ocasión estando en la prepa fui con mis amigos a Mc Donald’s y como no había ninguna otra opción (en ese entonces ni remotamente se les había ocurrido poner ensaladas en el menú) me vi obligada a pedir una hamburguesa pero sin carne, sólo con queso y pedí que la lechuga que no quisieran mis amigos en su hamburguesa la pusieran en la mía, y sí amiguitos, esa vez sólo comí el pan con queso y la mitad de hoja de lechuga que traía la mentada hamburguesa. Lo dicho, tristísima mi historia.

Te cuento todo esto para ilustrar un poco los torcidos caminos que andamos en pos de llevar un estilo de vida saludable. Todo esto ocurrió mucho antes de que si quiera acercara mi nariz al mundillo del yoga, así que mi manera de comer no estaba asociada a practicar yoga. Cuando empecé a practicar fue más fácil encajar en el moldecillo que me decían que un yogui debía tener porque ya llevaba un rato siendo vegetariana. 

Sería larguísimo contarles todos las aventuras que viví siendo vegetariana en esos tiempos, pero insisto, a veces nos confundimos mucho con los estereotipos y con la manera en que “deben” ser las cosas cuando queremos adoptar un estilo de vida saludable.

En fin, el último año de este modus vivendi terminé siendo vegana. No usaba, ni comía, ni me acercaba a nada que oliera, pareciera, o se sintiera como sufrimiento animal de cualquier tipo o invasión a la intimidad de los pobres animalitos. Y claro, mi vida seguía en el trajín de ir como pelota de arriba a abajo y de un lado a otro, todo el día dando clases y freelanceando, además entrenaba literalmente cuatro horas en el gimnasio todos los días, y por más que me esforzaba terminaba echa trapito a las tres de la tarde. No digo que mi ejemplo sea el mejor, de hecho cualquier persona con ese nivel de actividad física que coma o no carne termina molida en 0,1 segundos. 

Entonces, otro día me di cuenta que en parte buscaba seguir ese estilo de vida porque tenía la influencia muy directa de una maestra que no sólo era vegana, además comía de acuerdo a su dosha (eso de los doshas es como una especie de perfil físico y mental con el que todos nacemos y se va modificando o desequilibrando de acuerdo al estilo de vida que llevamos, a lo que comemos, a la actividad física que hacemos e incluso a las estaciones y horas del día) por lo que sus opciones eran aún más limitadas, pero ella meditaba y hacía pranayama todos los días a las 4 de la mañana y ya para las 7 había practicado asanas, respondido mails, se había bañado y hasta había desayunado. Claro que ella se duerme a las 9 de la noche y su actividad se limita a buscar iluminarse a través del yoga. ¡OJO!, no juzgo ni remotamente su forma de vivir, pero con el tiempo me di cuenta que eso no era para mi.

Otro buen día fui a consulta con un médico ayurveda (ellos se encargan de ver la enfermedad como parte de un todo: lo que haces, lo que escuchas, lo que lees, lo que comes, cómo te relacionas con la gente que te rodea, tu dosha, etc. y a partir de ahí te diagnostican) porque estaba cansada de sentirme medio muerta todo el día. Yo seguía siendo vegana y después de platicarle todo lo que hacía y comía, se le ocurrió decirme: “¡ay, esos yoguis!, prueba comer pescado un par de veces a la semana y verás como te sientes mejor”. 

Ya se imaginarán lo que pensé y lo que sufrí. Después de debatirme días enteros moralmente en el asunto de comer o no pescado, lo probé, volví a comer pescado después de muchos años de ni si quiera olerlo y poquito después me sentía increíble y llena de energía, me brillaba el pelo y mi piel estaba suave, las uñas no se me quebraban y empecé a equilibrar tanto mi actividad física como mi alimentación. 

La idea de iluminarme o alcanzar un estándar a través de ese modo de vida se desvaneció poco a poco y yo que me creía congruente por no comerme a ningún animalito y así practicar la no violencia del yoga, topé con pared y sólo entonces entendí el concepto de Ahimsa, la no violencia. 

No todos los cuerpos están hechos de la misma manera, cada uno es único y distinto al resto, pero llevar dietas en donde eliminas algún grupo de alimentos desequilibra si o si a tu cuerpo. 

Lo mismo pasa con los famosos “detox”, donde sólo tomas jugos, o comida de un sólo color, o comes sólo sandía por equis cantidad de días, etc., etc., etc. Al final le estás dando en la torre a tu cuerpo. En mi experiencia haber navegado con bandera de “los animales son amigos, no comida” me llevó a un remolino de desequilibrios físicos, mentales y energéticos.

Una vez más insisto, en mi experiencia haber dejado de comer carne tan chavita y sin una guía adecuada me agudizó desequilibrios y traumas que ya traía haciéndome más intolerante y vulnerable a todo y sobre todo violentó profundamente mi cuerpo.

Cuando la gente me pregunta si es mejor dejar de comer carne para tener mayor flexibilidad, sólo les recuerdo que la flexibilidad no es nada más física, es sobre todo mental, y aquello que te viene bien a ti, quizá a mi me sienta fatal. 

Al día de hoy sigo siendo practicante de yoga, medito, practico pranayama, entrenamiento funcional y llevo una dieta en la que cuando se me antoja me permito comer pizza, hamburguesas, azúcar, pan, carne, mucha verdura y lo disfruto muchísimo. Gracias a eso mi mente y mi energía están más equilibradas, soy bastante flexible física y mentalmente, eso si, con mis neurosis diarias, pero hasta esas se saben aplacar cuando dejo de flagelarme con tanto estereotipo. 

La verdadera esencia de la no violencia comienza en uno mismo, en primera persona. No trates de encajar en un lugar donde tu cuerpo, tu mente o tu energía sufran. La vida es para vivirla, así que come todo lo que se te antoje, que estamos aquí dos días y uno de ellos fue ayer.

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